MANOS DE AJO

“A la gente hay que mirarla a los ojos”. A mí a veces todavía me cuesta, pero había un tiempo en el que prácticamente no lo hacía nunca. Tendría unos trece años: después de un paso por primaria en el que siempre me había sentido muy auténtico, empezaba una etapa en la que no terminaba de encontrar mi sitio y en la que en general tuve la autoestima un poco baja. Se nos dice que amemos al prójimo como a nosotros mismos, pero nadie nos suele explicar que para poder hacer eso primero uno tiene que aprender a amarse, a respetarse y a aceptarse. Poco amor podrá ofrecer a los demás el que no se aguante a sí mismo.

Y en todos esos años de la ESO, y a pesar de contar con buenos compañeros y de disfrutar de momentos muy divertidos, quizá el único con el que podía abrirme por completo era mi abuelo. Me sacaba cincuenta y ocho años, y lo conocí de verdad cuando él ya estaba viudo y jubilado. Un hombre corpulento, calvo y grandullón, duro en apariencia, leal y cariñoso a su manera, que para mí siempre estuvo anclado a esa calle Ponzano que hoy es muy distinta.

Siempre que yo volvía de clase después del colegio, mi abuelo estaba en mi casa, alrededor de los fogones. Solía hacer unas tortillas de patata enormes, las mejores que he probado en mi vida. También se le daba muy bien preparar las croquetas. Al parecer era mi abuela la que de verdad cocinaba bien: a él solo le gustaba fanfarronear preparando algo en ocasiones especiales. Pero supongo que cuando ella murió, él se animó a cocinar. También venía a ver muchas veces mis entrenamientos de fútbol-sala. Al terminar de entrenar, comentábamos algunas jugadas y solía darme un bocadillo de chorizo o llevarme a tomar un sándwich mixto y una Fanta de naranja a un bar donde en poco tiempo se hizo muy querido, como sucedía en todos los bares por los que él pasaba.

Era muy fanfarrón y le encantaba hacerse el duro. Abogaba por la igualdad social, era poco dado a la religiosidad y al sentimentalismo, no podía con la Iglesia, y se declaraba republicano, pero conjugaba todo ello con ideas algo retrógradas que te hacían sonrojarte de vergüenza o te enfadaban directamente. Nunca podías estar totalmente seguro de si cuando hacía declaraciones estridentes hablaba o no en serio: pienso que tiempo atrás debió de ser así, pero que, a estas alturas de la vida, se daba cuenta de que la sociedad se encontraba muy lejos (y en muchos aspectos, era mejor) que aquella en la que él había vivido. Y pocas veces me he sentido más aceptado como a su lado. Quizá porque también yo lo aceptaba a él con todas sus contradicciones, sin pedir nada a cambio.

He pensado muchas veces que mi abuelo es uno de los principales responsables de que a mí me guste el western. Y no encuentro otra explicación: su película favorita, según me dijo, era “Raíces profundas”, filme que no me vi hasta después de que él muriese. Muchas veces, entre las imágenes polvorientas de vaqueros creo reencontrarme con él, en ese espacio mítico del relato de iniciación, de un tipo duro a vueltas con la vida que toma bajo su brazo a alguien tierno y despierto que aún no tiene ni idea de cómo funciona el mundo. Cuando viajábamos en familia, solíamos compartir habitación. Ante mi miedo a que alguien irrumpiera en el hotel de turno y algo terrible sucediera, él siempre decía: “No va a pasar nada malo. Y si pasa, pues pasó”. Ese mismo hombre guardaba en casa un arma y, el día en que me la enseñó, cuando lo increpé sin dar crédito a lo que veía, él se encogió de hombros y me dijo: “Tú qué prefieres: ¿abuelo muerto o abuelo en la cárcel?”.

Ese hombre fue el que me enseñó que nunca debía de creerme mejor ni peor que nadie, que debía mirar a las personas siempre a los ojos, pegar un firme apretón de manos y procurar ser yo mismo. Él, que desayunaba churros mojados en una copa de anís, era el mismo que desde que mi abuela falleció no apagó un solo día la luz de aquel vestíbulo donde tenían la foto del día de su boda. Una persona que lo más lejos que viajó fue a Portugal, pero al que le hubiera gustado ver las pirámides de Egipto, que se consolaba en la creencia de que Julio Verne escribió de maravillas sin haberse movido de Francia y que aseguraba -yo no le creo- que en otra vida le hubiera gustado ser camionero.

Ahorró sin éxito toda su vida para hacer con mi abuela el viaje del Transiberiano, un plan que se truncó cuando ella murió. El día en que me lo contó, decidí que seríamos nosotros dos los que cruzaríamos Rusia en ese tren. Él se sonrío y, a los pocos días, me entregó una caja del whiskey Johnny Walker en la que había hecho una ranura para ir guardando poco a poco monedas para que en un par de años pudiéramos escaparnos por Asia. Pero un tumor cerebral se lo llevaría por delante en apenas dos meses y medio, sin que él se enterara, al poco de haber cumplido yo los quince años. Las cosas nunca son como uno se espera. De alguna forma, me hubiera gustado poderme despedir de él. Quizá no hiciera falta. Más de una vez me lo imagino después de darme un abrazo, alejándose malherido, montando a caballo, quizá yendo a causar ese último duelo que acabara sin remedio con su vida y diera sentido a su final.

Creo que es una virtud conocer las propias limitaciones, por lo que dudo que me asome nunca a una narrativa más ambiciosa que la del relato -en la poesía me encuentro más cómodo-, pero tengo claro que, si escribiera alguna vez una novela, muy probablemente presentaría una relación parecida a la que tuve con mi abuelo. Sirva mientras tanto este texto de homenaje: el otro día en la cocina me acordé de él al darme cuenta de que ese olor que creía tan suyo no es otro que el que te impregna las manos cuando cortas y fríes ajo para dar de comer a personas a las que quieres y con las que compartes unos instantes en este breve paso por el mundo.

Sergio Diez

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Imagen final de “Raíces profundas” (“Shane”), dirigida por George Stevens en 1953.

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RECUERDOS DE UN CINE DE VERANO

“Siempre que alguien sigue el dictado de su corazón rompe el corazón de otra persona. Siempre hay “detritus”, siempre hay heridos, siempre hay dolor. El amor es una sustancia limitada: si le das amor a alguien nuevo, tienes que quitárselo a alguien viejo”.

Mathias Gold en “Mi casa en París” (2014), título original: “My Old Lady”, dirigida por Israel Horovitz.

30 de agosto del 2017

Anoche fui al cine de verano del Parque de la Bombilla con mi hermana. Había estado con amigos por esa zona de Madrid el día anterior, y la había encontrado bastante apagada. Sin embargo, ayer todo era animación en torno a Casa Mingo: la sidra, pollo, carcajadas y codazos. Nosotros no nos detuvimos allí, pues queríamos sacar entradas para ver Café Society, la última película de Woody Allen, e íbamos con un poco de prisa. Nos creíamos previsores, pero no podíamos imaginar la enorme cantidad de personas que, media hora antes de que empezara la película, esperaban para sacar su entrada.

El buen humor que respiraba la gente en torno al cine parecía el propio de una película del propio director neoyorkino, que se hubiera divertido al ver la expectación que su película generaba entre el público madrileño. La sesión de las 22:00 se llenó enseguida pero, por suerte, los organizadores se sacaron de la manga otra sesión de Woody Allen a las 00:00, lo que a mi hermana y a mí nos permitió ver antes Mi casa en París (My Old Lady) de Israel Horowitz, un film estupendo que, probablemente, no habría visto de otra manera.

El film británico, una comedia amarga y negrísima, llega a nuestro país con dos años de retraso. Se constituye en el reflejo oscuro de los personajes y escenarios parisinos de la filmografía de Woody Allen. Destaca la complejidad de su tono (no deja de resultar divertida a pesar de la desesperación que rebosa), y por el trabajo actoral, en especial el de un soberbio Kevin Kline que interpreta a un divertido personaje al borde del abismo, un fantástico payaso triste que acumula años de desasosiego. Y luego vino Woody con un divertido y sencillo cuento que se convierte en una de sus películas más tristes y bonitas. El film podría haber sido más desgarrador y sincero, por supuesto, pero Allen prefiere la leve suavidad de una sonrisa triste y de un final conmovedor.

Sin pretenderlo, los organizadores de Fescinal ofrecieron ayer una sesión con dos películas que tienen en común mucho más de lo que parece: dos sinceras reflexiones sobre el amor como fuerza constructiva y fuente de desesperación. Mathias Gold, el personaje interpretado por Kevin Kline en Mi casa en París, comenta en un momento de la película algo así como que uno de los problemas del amor es que para dárselo a alguien nuevo tienes que quitárselo a otro que ya lo tenía. Como fuerza finita que es, mientras alegra a alguien y llena temporalmente su vida de sentido, otra persona sufrirá las consecuencias de un amor que se escapa. Mathias se plantea si verdaderamente es más honesto vivir los impulsos sin pensar en las consecuencias, si debe haber límites para el amor, qué deberíamos entender por este. Amor como pasión huracanada frente al amor tranquilo de la soledad compartida: la guerra de cien años sostenida por varias generaciones en el Macondo de García Márquez.

Matthias no niega la premisa de Allen de que se puede estar enamorado de dos personas al mismo tiempo, sino que se enfurece al pensar en la esencia del propio cambio, en esas revelaciones que hacen que te transformes en alguien distinto: más sabio, más fuerte, no necesariamente más feliz. Pero pensar en todo esto da algo de pereza cuando llega la madrugada y hace buen tiempo en Madrid. Cuando bromeas con tu hermana y puedes olvidarte de todo y de todos en una noche agradable, no especialmente calurosa, de un día de final de verano en el que el cine ha vuelto a demostrar que tiene algo de sentido.

Sergio Diez

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VINAGRE CON PATATAS

VINAGRE CON PATATAS

“¿Crees que los adultos saben lo que hacen? Los adultos se inventan la vida a medida que avanza”. “Matinee” (1993), dirigida por Joe Dante

Me gustaba ver cómo se servía el vinagre sobre sus patatas fritas. No lo hacía siempre, pero era algo que siempre me había llamado la atención de mi padre. Podía aceptar que alguien les pusiera sal, que las bañaran en kétchup, incluso que jugaran con la mayonesa. ¿Pero vinagre? La barrera generacional era demasiado grande.

El otro día, en un ataque de alegre melancolía, me metí a recuperar las fotos de mi antiguo Tuenti. “Reconócelo: tú también has cambiado”, aparecía escrito en su página web. Desde luego me esperaba muchas cosas, pero que una empresa me reprochara el paso del tiempo no era una de ellas. Como red social, Tuenti dejó de utilizarse en el otoño del 2012, sin previo aviso. En un mundo tan internacional y conectado, todo el mundo se había pasado a Facebook. Y allí se quedaron flotando las últimas fotos de perfil, que representaban vidas que pudieron ser y que quizá no fueron (o que fueron, pero que crecieron y se apagaron). Por mucho que de vez en cuando nos enviaran mensajes del estilo: “¡¡Todos tus amigos están de vuelta en Tuenti!! Abre tu cuenta: no te lo pierdas”, no había quien se lo creyera.

Descargarte a día de hoy las fotos de tu Tuenti es reencontrarte con las capturas de momentos en los que todos estábamos más relajados y parecía sencillo dejarse llevar un poco. (Nunca debió dejar de serlo). En el Tuenti se aceptaban las fotos mal tomadas, con reflejos de flash y encuadres poco pensados. Las pocas selfis que se hacían se hacían en los baños o en los espejos de los ascensores. Todos parecíamos menos preocupados con lo que seríamos y más con lo que en ese momento éramos.

Desde que éramos pequeños, parecíamos empeñados en hacer algo que marcara la diferencia, el cuento de la vocación como remedio contra el barco que va sin rumbo. Éramos la generación que tenía que dar el salto. Pero no nos engañemos: los que vinieron por delante no hicieron tantos planes. Intentemos quitarle un poquito de intensidad a las cosas: no puede ser que lo que originalmente fue una suerte se vuelva en nuestra contra. Que después de esto la música se acaba y te llevas lo bailado. Y no es más fuerte quien más aguanta, ni quien viaja más cargado. No lo tenemos fácil, pero algo podrá hacerse.

Ahora, como ejercicio, me imagino al borde de los cuarenta, atolondrado y medio calvo -la genética es implacable-, encadenando un trabajo temporal detrás de otro, quién sabe si viviendo aún con mis padres (preferiría vivir por mi cuenta, eso está claro, pero lo demás me importa cada vez menos). Yo lo que quiero es estar a gusto, reírme y ser divertido. Generar buen rollo. Ver cine, leer libros y escribir cosas. Viajar de vez en cuando. Perder el tiempo, que es la mejor forma de gastarlo. Disfrutar, sin dejar de implicarme en la mejora de este extraño mundo en que vivimos. Y como decía Machado en su “Retrato” acudir  a mi trabajo para pagar con mi dinero “el traje que me cubre y la mansión que habito/el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”. No deber nada a nadie y estar en paz, en definitiva.

En unos años me veo comiendo en cafeterías de menú del día, llevando siempre un libro conmigo, solo para dejarlo sobre la mesa con cualquier excusa y hacer algo más divertido, como empezar a hablar con cualquiera. Me veo anotando tonterías en las servilletas: versos que no conducen a ninguna parte o bromas sin gracia, fuera de contexto. Y todo esto se me ocurre ahora, mientras apuro una Coca-Cola light (o una Guinness, depende de cómo me imagines) en un pub de Inglaterra, donde me sonrío porque me doy cuenta de que he tenido que alejarme más de mil setecientos kilómetros de casa para empezar a servirme vinagre sobre las patatas fritas. Y no sé cómo decírselo a mi padre.

Sergio Diez, febrero del 2017

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Fotografía tomada por Mao Akagi

Bienvenidos a Freedonia

Como escribía Scott Adams, creador de Dilbert: “Una vez tuve un amigo imaginario, pero un día me dijo que yo era muy aburrido y se marchó”. 

“Where is that Joe Buck?” es un espacio destinado al humor y a la melancolía. Desde Freedonia, Sergio Diez comparte algunas de sus obsesiones, recuerdos e ideas que de alguna otra forma se le escaparían para quizá no volver.

Sergio suele ser divertido y procura no tomarse demasiado en serio. Bebe café a medianoche y se despierta con energía. Le gusta leer y ver cine. Habla a solas y se inventa personajes. Se le da muy mal imitar acentos. Le gusta la rutina casi tanto como los fines de semana.