RECUERDOS DE UN CINE DE VERANO

“Siempre que alguien sigue el dictado de su corazón rompe el corazón de otra persona. Siempre hay “detritus”, siempre hay heridos, siempre hay dolor. El amor es una sustancia limitada: si le das amor a alguien nuevo, tienes que quitárselo a alguien viejo”.

Mathias Gold en “Mi casa en París” (2014), título original: “My Old Lady”, dirigida por Israel Horovitz.

30 de agosto del 2017

Anoche fui al cine de verano del Parque de la Bombilla con mi hermana. Había estado con amigos por esa zona de Madrid el día anterior, y la había encontrado bastante apagada. Sin embargo, ayer todo era animación en torno a Casa Mingo: la sidra, pollo, carcajadas y codazos. Nosotros no nos detuvimos allí, pues queríamos sacar entradas para ver Café Society, la última película de Woody Allen, e íbamos con un poco de prisa. Nos creíamos previsores, pero no podíamos imaginar la enorme cantidad de personas que, media hora antes de que empezara la película, esperaban para sacar su entrada.

El buen humor que respiraba la gente en torno al cine parecía el propio de una película del propio director neoyorkino, que se hubiera divertido al ver la expectación que su película generaba entre el público madrileño. La sesión de las 22:00 se llenó enseguida pero, por suerte, los organizadores se sacaron de la manga otra sesión de Woody Allen a las 00:00, lo que a mi hermana y a mí nos permitió ver antes Mi casa en París (My Old Lady) de Israel Horowitz, un film estupendo que, probablemente, no habría visto de otra manera.

El film británico, una comedia amarga y negrísima, llega a nuestro país con dos años de retraso. Se constituye en el reflejo oscuro de los personajes y escenarios parisinos de la filmografía de Woody Allen. Destaca la complejidad de su tono (no deja de resultar divertida a pesar de la desesperación que rebosa), y por el trabajo actoral, en especial el de un soberbio Kevin Kline que interpreta a un divertido personaje al borde del abismo, un fantástico payaso triste que acumula años de desasosiego. Y luego vino Woody con un divertido y sencillo cuento que se convierte en una de sus películas más tristes y bonitas. El film podría haber sido más desgarrador y sincero, por supuesto, pero Allen prefiere la leve suavidad de una sonrisa triste y de un final conmovedor.

Sin pretenderlo, los organizadores de Fescinal ofrecieron ayer una sesión con dos películas que tienen en común mucho más de lo que parece: dos sinceras reflexiones sobre el amor como fuerza constructiva y fuente de desesperación. Mathias Gold, el personaje interpretado por Kevin Kline en Mi casa en París, comenta en un momento de la película algo así como que uno de los problemas del amor es que para dárselo a alguien nuevo tienes que quitárselo a otro que ya lo tenía. Como fuerza finita que es, mientras alegra a alguien y llena temporalmente su vida de sentido, otra persona sufrirá las consecuencias de un amor que se escapa. Mathias se plantea si verdaderamente es más honesto vivir los impulsos sin pensar en las consecuencias, si debe haber límites para el amor, qué deberíamos entender por este. Amor como pasión huracanada frente al amor tranquilo de la soledad compartida: la guerra de cien años sostenida por varias generaciones en el Macondo de García Márquez.

Matthias no niega la premisa de Allen de que se puede estar enamorado de dos personas al mismo tiempo, sino que se enfurece al pensar en la esencia del propio cambio, en esas revelaciones que hacen que te transformes en alguien distinto: más sabio, más fuerte, no necesariamente más feliz. Pero pensar en todo esto da algo de pereza cuando llega la madrugada y hace buen tiempo en Madrid. Cuando bromeas con tu hermana y puedes olvidarte de todo y de todos en una noche agradable, no especialmente calurosa, de un día de final de verano en el que el cine ha vuelto a demostrar que tiene algo de sentido.

Sergio Diez

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