Redención en Colonia

Julen Lopetegui gana una Europa League con el Sevilla dos años después de ser destituido de la Selección Española a 48 horas de empezar el Mundial de Rusia. Había fichado por el Real Madrid, pero el técnico fue despedido del club blanco cuatro meses más tarde

Cuando sonó el silbato en Colonia, Julen Lopetegui lloró todo lo que se le había acumulado durante dos años. El técnico vasco buscaba a sus jugadores del Sevilla para abrazarlos, después de haber ganado la final de la Europa League por 3-2 al Inter de Milán en Alemania. Pero hace dos años, el panorama era muy distinto: Lopetegui era la cabeza de la Selección que iba a competir en el Mundial de Rusia con un equipo que, a ojos de los que saben, parecía tener opciones de hacer un muy buen campeonato.

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Pero con el Mundial a punto de empezar, el exportero profesional fichó como entrenador de un Real Madrid que acababa de ganar su decimotercera Champions League -su tercera Champions consecutiva, además-, y que se quedaba simultáneamente sin Zinedine Zidane y sin Cristiano Ronaldo. Fue destituido fulminantemente como seleccionador a 48 horas de empezar el Mundial. Y unos días más tarde pasaba a formar parte de la cultura popular con uno de los versos del ‘Himno Titular’ de Carolina Durante: “Lopetegui sonríe, Florentino paga bien”.

Pocos entrenadores dirían que no a una llamada del Real Madrid, del F.C. Barcelona o del Atlético. Pensar que Lopetegui aceptó esa oferta solamente por una cuestión económica es no entender nada de fútbol, ni probablemente de la vida. Y aunque hubiera aficionados del club blanco que desde un principio pensaran que Lopetegui no iba a encajar bien en el equipo -y el tiempo les dio la razón-, lo cierto es que las cosas fueron así, pero también pudieron ser de otra manera.

Su fichaje por el Madrid nacía de un pecado original a ojos de muchos. Lopetegui no solo se quedó sin entrenar a España en el Mundial, sino que además muchos le colgaron el cartel de traidor. La opinión pública estaba dividida sobre las causas de su destitución. “No se puede ser a la vez juez y parte, entrenador de un club como el Madrid y del equipo nacional”, decían unos. “Se lo han quitado de en medio por puro orgullo. Por despecho. No tiene sentido cambiar de entrenador a dos días de empezar”, decían otros.  “Es la mano negra de los merengues, que no quieren correr el riesgo de que su futuro entrenador fracase en Rusia”, decían unos cuantos. Como en las buenas tragedias, todo se precipitaba hacia el desastre. El hombre se veía superado por los acontecimientos.

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Apenas cinco meses después, en octubre del 2018, Lopetegui era despedido como entrenador del Real Madrid. El equipo se encontraba en un momento de transición, sí, pero en cualquier caso Lopetegui no obtuvo buenos resultados. Como en todas las relaciones que salen mal, no vale solo con que las partes sean buenas, tienen que funcionar bien como conjunto. Y aunque siempre hay razones para una ruptura, en muchos casos ni es útil ni honesto buscar culpables.

Pero el calvario de Lopetegui era redondo. El seleccionador sin Mundial, el juguete roto del Real Madrid. El hombre que se desmayaba en un vídeo de La Sexta de hace años y que se caía de bruces al suelo en directo. LOLpetegui. Un meme andante. Y acostumbrados como estamos a identificar a la gente con sus éxitos y fracasos, muchos olvidaban que, pese a haber naufragado, Lopetegui era un gran entrenador. Y él se iba a encargar de demostrarlo.

Pero para que haya segundas oportunidades, alguien tiene que dártelas. Y en esta historia, el que redime a Julen es Ramón Rodríguez Verdejo, Monchi, el director deportivo del Sevilla. Hay que ser muy valiente para confiar en un profesional tocado, en un entrenador que acaba de tener un tropiezo fuerte en su carrera y que está señalado por todos.

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Julen Lopetegui llega al Sevilla en verano de 2019, la temporada que será recordada por todos como la del coronavirus (o como la del primer año del virus, si somos realistas). Y en poco más de doce meses ha conseguido el cuarto puesto en La Liga, que clasifica al equipo para jugar la Champions League la temporada que viene, y un sexto título de la Europa League para el Sevilla.

El entrenador vive un momento dulce porque, esta vez sí, todo parece encajar: los jugadores y la afición van a muerte con su proyecto, y el club se identifica con él. Todo el mundo le felicita y reconoce su talento, incluso equipos rivales o quienes más le criticaron en el pasado. Y además cae bien. Parece íntegro, honesto, buena gente. Y aunque este cariño sea un espejismo en cierta manera, y efímero como todo, no por ello debe dejar de disfrutarlo.

Esforzarse es condición necesaria, pero no suficiente, para que las cosas vayan bien. En el deporte, como en la vida, hay que intentar no hacerse mala sangre si las cosas no salen como esperábamos. Por muy espectacular que sea la caída, hay que darse tiempo, ser humildes y seguir trabajando. Porque hay momentos en los que la suerte te sonríe, sí. Pero quien solo se fustiga, quien se recrea en que una vez pudo ser el rey del mundo en Rusia, jamás levantará una copa en Colonia. Y todo eso Julen lo sabe, y por eso llora.

Sergio Diez

Cereales y miserias: una lectura sobre ‘Seinfeld’

Si aún no la has visto, pero te gustan los vídeos de Pantomima Full, tienes que echar un vistazo a Seinfeld, por su manera de observar y de clasificar a la gente en base a sus manías, sus filias y fobias, sus frases hechas, sus clichés y sus coletillas

Cinco años antes que Friends, se estrenó otra sitcom sobre un grupo de amigos en Nueva York que cambiaría la comedia para siempre. En este caso, los protagonistas son Jerry Seinfeld, humorista; Elaine, editora, amiga de Jerry y antigua novia suya; George Costanza, un personaje calvo y gordito que combina una autoestima por los suelos con un ego desmedido; y Kramer, el vecino extravagante, sin oficio ni beneficio, que se pasa todo el día en el piso de Seinfeld y que tiene ideas continuas para negocios absurdos.

Al contrario de lo que se suele pensar, Seinfeld (1989-1998) no es ‘una serie sobre nada’, sino sobre cómo un cómico se inspira en las anécdotas del día a día para escribir su material. Al contrario que en otras series del estilo, como en la propia Friends, aquí no se quiere que pienses que Jerry y sus amigos son buenas personas. Más bien al contrario: te recuerdan todo el rato que son mezquinos y egoístas. Pero les coges mucho cariño por todo el tiempo que pasas con ellos, por su ingenio, y por meterse todo el rato en situaciones en las que lo pasan muy mal. Y también porque te identificas con sus miserias. Porque sus anécdotas podrían ser las tuyas.

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Pongamos un ejemplo: estás harto de tu trabajo, no puedes más. Ni te reconocen, ni te gusta. Un día vas y te plantas. Te desahogas. Dices que se acabó, que lo dejas. Y unas cuantas cosas más. Durante el fin de semana te das cuenta de que no tienes ni idea de qué vas a hacer ahora para ganarte la vida, así que decides que lo mejor es volver el lunes al trabajo, como si no hubiera pasado nada. Y si te preguntan tus antiguos compañeros o tus jefes, les dices que ya saben cómo eres, que todo ha sido una broma.

Esto es lo que le pasa a George Costanza en uno de los capítulos de las primeras temporadas. Está basada en una historia real que le sucedió a Larry David -uno de los dos creadores de la serie junto al propio Jerry Seinfeld-. David hizo el amago de dejar su trabajo cuando era guionista en Saturday Night Live –y a él, en la vida real, le salió bien la jugada-. No le pasa lo mismo a Costanza, que tiene que dejar su trabajo en la inmobiliaria y empezar una odisea que le llevará a un sinfín de entrevistas de empleos temporales (Puedes hacerte una idea de la vida laboral de George en la página-tributo que le han dedicado en LinkedIn).

La fuerza de la serie la explica en parte Jason Alexander, el actor que interpreta a George Costanza, en una entrevista: Larry David y Jerry Seinfeld no se preocupaban demasiado por la coherencia de los personajes. No les importaba que tuvieran contradicciones, siempre y cuando eso sirviera para hacer a la serie más divertida, para sacar adelante una situación que mereciera la pena. Esa libertad para hacer y deshacer a su gusto se nota en la serie, es parte de su frescura. Se nota detrás de tramas tan arriesgadas como la de Lo opuesto, en la que Costanza, después de tocar fondo, se da cuenta de que todas las decisiones que ha tomado en la vida han sido erróneas, así que decide hacer a partir de entonces exactamente lo contrario de lo que le dice el instinto. Gracias a eso, consigue salir con una chica que estaba fuera de su alcance y el trabajo de sus sueños. Pero a los dos capítulos deja de aplicar esta regla, simplemente porque ya ha dejado de tener gracia.

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Más allá de la estética, Seinfeld no ha envejecido mal. Lo que menos te crees es que los tíos protagonistas salgan con una mujer distinta (y muy atractiva) en cada capítulo, claro. Y hay algún chiste a costa de un novio acosador de Elaine que se hacen un poco incómodos. Pero es mucho más fácil identificarse a día de hoy con los escenarios de la serie, con las ciudades mucho más gentrificadas que en los noventa, llenas de locales para comer cereales americanos, restaurantes chinos, yogures helados y sopas para llevar.

Como pasa con muchas de las sitcoms de los noventa, muchas de las preocupaciones de los personajes parecen frívolas, siempre pendientes de con quién van a salir ese fin de semana o de a dónde se van a ir de viaje. Hay pocas referencias a lo que les va costar pagar el alquiler o a lo difícil que es encontrar un buen trabajo. Eran otros tiempos, está claro. Pero sí que es fácil identificarse con unos personajes que parecen ir a la deriva. Con un George que encadena un trabajo tras otro sin ninguna dirección, con una Elaine que, a pesar de tener cierta seguridad, se plantea volver a la universidad, esta vez para estudiar derecho, o con unos padres que quieren que su hijo cómico se plantee ir a una escuela de negocios.

La frustración de muchos de los protagonistas nos recuerda que se puede estar permanentemente insatisfechos. Pero también nos muestra que eso de pensar continuamente en caminos mejores que podríamos haber tomado tiene mucho que ver con la incertidumbre del mundo en que vivimos.

Una de las cosas más originales y más crueles de Seinfeld es el punto de vista que tiene la serie hacia sus personajes. Más allá de los cuatro protagonistas, todos los demás interesan solamente como obstáculos en la trama. Prácticamente ni se les considera personas. Jerry y sus amigos pueden estar rompiendo con sus parejas o se les puede morir alguien cercano, que no sentirán remordimientos, siempre y cuando salgan bien parados y la situación sea divertida.

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El final de Seinfeld muestra bien lo mezquinos que pueden llegar a ser nuestros personajes favoritos. Los cuatro amigos se van de viaje y, en un pequeño pueblo, ven cómo alguien le roba el coche a un señor gordo a punta de pistola. En lugar de ayudarle, los amigos se burlan de él con comentarios bastante ingeniosos y graban todo el incidente en vídeo. Poco después, un policía detiene a los cuatro protagonistas gracias a una ley local que establece que es delito no ayudar a alguien en situación de emergencia. El plano final de la serie tiene mucho que ver con el teatro del absurdo. Los cuatro amigos están reunidos después del juicio -en el que, spoiler, han salido mal parados-, y en su celda siguen hablando de cosas absurdas, de sus chorradas, de sus pequeñas observaciones divertidas sobre, por ejemplo, la forma de vestir de la gente.

La grandeza de Seinfeld no está solo en lo ingeniosas que son sus situaciones, ni en su forma de observar y de catalogar a la gente, ni siquiera en las grandes interpretaciones de los protagonistas y de los secundarios (entre otros, Wayne Knight, el informático gordo de Jurassic Park; y Brian Cranston, el Walter White protagonista de Breaking Bad). Su fuerza está en ofrecer humor en bruto, sin suavizar, sin querer ser simpático. De una forma tan directa que, a veces, como en el capítulo final, se hace difícil distinguir si se está viendo comedia o una tragedia.

Sergio Diez

LOS GERANIOS DE VAN GOGH

La humorista australiana Hannah Gadsby habla en el monólogo Nanette (disponible en Netflix) de machismo-feminismo, de homosexualidad-homofobia, pero también de historia del arte, de trastornos mentales y de los límites del humor: “¿Que la creatividad debe sufrir? ¿Qué esa es la carga de ser creativo para que así tú puedas disfrutarlo? Que te jodan, tío. Si te gustan tanto los girasoles, cómprate un ramo y machácatela sobre un geranio”

Nanette (2017), el estupendo espectáculo de comedia de la humorista australiana Hannah Gadsby, se puede adscribir al one-man o one-woman show -como bien se encargó en hacerme notar un buen amigo muy aficionado a la comedia (que de hecho la vio actuar en el Fringe de Edimburgo hará tres años): es decir, una actuación en la que el monologuista se puede permitir renunciar a la comedia por un tiempo considerable, si con ello consigue exponer mejor alguno de los temas que quiere tratar en su espectáculo, que aún así sigue siendo fundamentalmente cómico.

Gadsby trata muchos aspectos interesantes en su show y de una forma provocadora y original (homosexualidad, feminismo, privilegio blanco) sin evitar otros que de ellos se desprenden mucho más duros y desoladores. Sin embargo, si he de definir en pocas palabras de qué va el espectáculo de la humorista australiana sería diciendo que de la (aparente) renuncia voluntaria a la comedia pues, según Gadsby, se habría dado cuenta de que ya no es es el medio expresivo adecuado para sus inquietudes. La comedia ha hecho que en más de una ocasión haya enmascarado de una forma divertida el rechazo que sentía hacia mí misma, mi miedo a mostrarme como verdaderamente era, el negarme la posibilidad de ser quien soy, viene a decir Gadsby. Y todo te lo expone de forma que pases de la risa al llanto casi sin respiro, como pocas veces he visto sobre un escenario.

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Para mí, uno de los mejores momentos de este monólogo es aquel en que Gadsby reflexiona sobre los prejuicios e idealizaciones que la gente corriente (y, en ocasiones, también los académicos) tenemos de los artistas -no olvidemos que Gadsby es historiadora del arte, como bien comenta en su show): la idea de que el talento de los artistas les justifica todo, que un artista puede ser un adelantado a su tiempo y, sobre todo, de que el sufrimiento es el motor del arte. La cómica australiana lo presenta así:

“Hace un par de años, un hombre se me acercó después de una actuación. Me dijo que tenía “una opinión”. Las lesbianas damos ‘feedback’. ¿Los hombres? ‘Opiniones’. En el espectáculo, hablaba de tomar medicamentos antidepresivos y él tenía una opinión sobre eso. Es interesante, porque también había hablado sobre lo poco que ayudan los consejos que no han sido pedidos sobre un plan de salud mental, pero él no debió de oír esa parte. Vino hacia mí después del show a darme su opinión. Dijo: “No deberías tomar medicación porque eres una artista. Es importante que sientas”. También dijo: “Si Vincent Van Gogh no hubiera tomado medición, no tendríamos los girasoles”. Nunca, jamás de los jamases, pensé que mis estudios en Historia del Arte me iban a ser así de útiles. Pero Dios mío, destrocé a ese gilipollas”.

Le dije: “Buena opinión, tío. Excepto porque él se medicaba. Un montón. Él se automedicaba un montón. Él bebía un montón. Incluso mordisqueaba sus propias pinturas. Además, ¿sabes qué? No solo pintaba girasoles, también hizo unos cuantos retratos de psiquiatras. Ni siquiera de médicos al azar: de psiquiatras que le estaban tratando. Y que le estaban medicando. Y hay un retrato en particular de un psiquiatra en concreto que sostiene una flor, y no es un girasol. Es una dedalera. Y esa dedalera forma parte de la medicación que Van Gogh tomaba para la epilepsia. Y ese derivado de la planta de dedalera formaba parte de la puta medicación que tomaba. ¿Sabes qué pasa si tomas demasiado de ese derivado de la dedalera? Que puedes experimentar el color amarillo un poco demasiado intensamente. Así que, quizá, existen las pinturas de los girasoles precisamente porque Van Gogh se medicaba. ¿Qué quieres decir exactamente, tío? ¿Que la creatividad debe sufrir? ¿Qué esa es la carga de ser creativo para que así tú puedas disfrutarlo? Que te jodan, tío. Si te gustan tanto los girasoles, cómprate un ramo y machácatela sobre un geranio”.

Poco más que añadir. Pero Gadsby continúa: “Tomemos a Vincent por ejemplo. El viejo Vincent van Gogh. La forma en que contamos su historia no mola nada. No es buena. Es destructiva. Porque la hemos reducido a harapos para ricos. Solo vendió una pintura en toda su vida. ¿Lo sabías? Ahora míralo. “Está bastante muerto”. Sí, ¡pero tiene mucho éxito! Solo vendió un cuadro en toda su vida. Y la gente cree, con esa historia, que Van Gogh era un genio incomprendido. Que había nacido antes de su tiempo. Qué montón de mierda. Nadie nace antes de su tiempo. ¡Es imposible! ¡Nadie puede nacer antes de su tiempo! Quizá los bebés prematuros, pero se adaptan. ¡Los artistas no se inventan el espíritu de su tiempo, responden a él! No estaba por delante de su tiempo. Era un pintor post-impresionista que pintaba en la cima del post-impresionismo. No estaba por delante de su tiempo. Lo que le pasaba es que no podía hacer contactos. Porque tenía problemas mentales. Estaba…loco. Tenía energía inestable. La gente cruzaba la calle para evitarlo. Esa es la razón por la que no pudo vender más de una pintura en toda su vida. No podía hacer contactos.

Esta idea de idealizar y volver romántica la enfermedad mental es ridícula. No es un ticket a la genialidad. No es un ticket para ninguna puta parte. Y los artistas no son estas criaturas increíbles y míticas que existen fuera del mundo. No, los artistas siempre han sido parte del mundo, una parte muy, muy firmemente unida al poder. Siempre. El arte siempre está donde el poder y el dinero. (…) Creo que es una pena que la historia del arte sea un deporte tan elitista. Pero me enseñó mucho. Fue inútil como disciplina que me ayudara a hacer dinero, pero sí que aprendí mucho de cómo funciona el mundo gracias a la historia del arte”.

Menos volvernos locos con los artistas, que son hijos de su tiempo, ni más ni menos, como bien se encargaron de enseñarme algunos buenos profesores de Literatura que tuve en secundaria. Que el sufrimiento puede ser parte de la vida de un creador, como de la de otras personas que nunca hagan arte, pero nunca debería verse como un valor si disponemos de algo llamado empatía (y un poquito de inteligencia, la verdad). Que ya vale de idealizar románticamente cuestiones como el dolor, el suicidio, la depresión, la ansiedad y otros trastornos mentales. Que lo único que se debe tener en cuenta es que son temas de los que, nos guste o no, cada vez se va a tener que hablar más. Mejor que dejemos de intentar esconderlos bajo la alfombra. Que son fenómenos complejos que tienen parte de sus raíces en lo social y cultural, pero también en lo químico y fisiológico.

Así que, encantados de que tengas una opinión sobre el arte y la creación, los trastornos mentales o la psiquiatría, solo recuerda que de una opinión a un hecho a veces hay un mundo, y que si vas dando tu opinión sin que alguien te la haya pedido, que no te extrañe que un día te digan lo de: “¿Sabes cuál es la diferencia entre mi pizza y tu opinión? Que la pizza sí que la he pedido”. Pues eso.

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Cero personas han visto tu nuevo post

Es triste irte a hacer la cena y descubrir que solo te apetece mezclar cuatro latas de conserva. Se te da mejor comer que cocinar. “Al menos no he pedido a Glovo o a Deliveroo”. Te sientes mejor así, y no porque la persona que te va a traer el pedido llegue agotada, es que así ahorras un poco y encima comes más sano. Bueno, que le has echado unas salchichas a tu plato, que tampoco es que tu cuerpo sea un templo. Lo que te jode es que eres flexitariano y lo de las salchichas, pues no está bien.

Los avisos de WhatsApp vienen y van. Bueno, algunos no vuelven nunca, pero tampoco importa. Actualizas Facebook e Instagram. Te has visto 14 stories que ni te van ni te vienen. Pero el espectáculo no se detiene, que además es verano y hay que contarlo.  Y piensas en lo gracioso que sería atragantarse con un trozo de salchicha, pero tampoco es plan de acabar así y tan pronto, que quedan muchas cosas divertidas por vivir, muchas noches por salir y el año que viene sacan la última temporada de Juego de tronos (aúpa, Tyrion). Supongo que se trata de dejarse llevar y sentir un poco. Pensar demasiado es malo, porque tampoco te puedes fiar mucho de tus pensamientos.

Pero piensas en la suerte que tuvo Spiderman de nacer en Nueva York. No es un tema menor: en otras ciudades un hombre araña no pintaría nada y no tendría edificios muy altos a los que agarrarse. ¿Os lo imagináis por Madrid dando vueltas a las cuatro torres? O estaría harto de recorrerse la Gran Vía. Vamos, que no es plan.

Moverse entre la indignación y la aceptación no es tan fácil como parece. Estoicismo lo llaman, ser consciente de lo que depende de ti y de lo que no, y saber hasta dónde se puede exigir: más de lo que la mayoría hacemos, menos de lo que a veces nos creemos. Pero parece que el fascismo vuelve a estar de moda, saca la cabeza al recibidor y te saluda con cara de tonto. De tanto vivir de la nostalgia nos estamos pasando de frenada: los ochenta molaban -o eso dicen, pero el final de los treinta no tanto. Qué guay todo. Por suerte, el futuro no está escrito.

Y además es verano, podemos salir a dar una vuelta, hay cines al aire libre, hay piscinas y hay personas que vuelven después de estudiar o de irse a trabajar fuera, y otras que se despiden porque se marchan a cambiar de aires un tiempo. Aún así, creo que Mr. Wonderful debería estar prohibido.

Hoy he leído que la presión de ser felices nos vuelve más miserables. Parece que la estamos buscando a cada minuto. Una amiga me dijo que la felicidad es como una mariposa, que si la persigues siempre se aleja de tu lado, mientras que si buscas estar tranquilo y te concentras en lo que haces, quizá venga y se te apoye en el hombro. Supongo que usó a una mariposa porque era alérgica a los mosquitos y habría dado lugar a segundas lecturas.  Otros dicen que la felicidad es como esas gafas que llevabas puestas sin darte cuenta mientras las buscabas por todas partes. (Puede que eso lo leyera en Twitter o en un estado de WhastsApp, no sé).

El caso es que quizá no se trate de ser felices, sino de no ser tan miserables. Acompañarse y mirarse con algo de cariño. No ser unos capullos. Tomar datos de la realidad, mirar a las cosas de frente, llamarlas por su nombre y seguir bailando.

Sergio Diez

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MANOS DE AJO

“A la gente hay que mirarla a los ojos”. A mí a veces todavía me cuesta, pero había un tiempo en el que prácticamente no lo hacía nunca. Tendría unos trece años: después de un paso por primaria en el que siempre me había sentido muy auténtico, empezaba una etapa en la que no terminaba de encontrar mi sitio y en la que en general tuve la autoestima un poco baja. Se nos dice que amemos al prójimo como a nosotros mismos, pero nadie nos suele explicar que para poder hacer eso primero uno tiene que aprender a amarse, a respetarse y a aceptarse. Poco amor podrá ofrecer a los demás el que no se aguante a sí mismo.

Y en todos esos años de la ESO, y a pesar de contar con buenos compañeros y de disfrutar de momentos muy divertidos, quizá el único con el que podía abrirme por completo era mi abuelo. Me sacaba cincuenta y ocho años, y lo conocí de verdad cuando él ya estaba viudo y jubilado. Un hombre corpulento, calvo y grandullón, duro en apariencia, leal y cariñoso a su manera, que para mí siempre estuvo anclado a esa calle Ponzano que hoy es muy distinta.

Siempre que yo volvía de clase después del colegio, mi abuelo estaba en mi casa, alrededor de los fogones. Solía hacer unas tortillas de patata enormes, las mejores que he probado en mi vida. También se le daba muy bien preparar las croquetas. Al parecer era mi abuela la que de verdad cocinaba bien: a él solo le gustaba fanfarronear preparando algo en ocasiones especiales. Pero supongo que cuando ella murió, él se animó a cocinar. También venía a ver muchas veces mis entrenamientos de fútbol-sala. Al terminar de entrenar, comentábamos algunas jugadas y solía darme un bocadillo de chorizo o llevarme a tomar un sándwich mixto y una Fanta de naranja a un bar donde en poco tiempo se hizo muy querido, como sucedía en todos los bares por los que él pasaba.

Era muy fanfarrón y le encantaba hacerse el duro. Abogaba por la igualdad social, era poco dado a la religiosidad y al sentimentalismo, no podía con la Iglesia, y se declaraba republicano, pero conjugaba todo ello con ideas algo retrógradas que te hacían sonrojarte de vergüenza o te enfadaban directamente. Nunca podías estar totalmente seguro de si cuando hacía declaraciones estridentes hablaba o no en serio: pienso que tiempo atrás debió de ser así, pero que, a estas alturas de la vida, se daba cuenta de que la sociedad se encontraba muy lejos (y en muchos aspectos, era mejor) que aquella en la que él había vivido. Y pocas veces me he sentido más aceptado como a su lado. Quizá porque también yo lo aceptaba a él con todas sus contradicciones, sin pedir nada a cambio.

He pensado muchas veces que mi abuelo es uno de los principales responsables de que a mí me guste el western. Y no encuentro otra explicación: su película favorita, según me dijo, era “Raíces profundas”, filme que no me vi hasta después de que él muriese. Muchas veces, entre las imágenes polvorientas de vaqueros creo reencontrarme con él, en ese espacio mítico del relato de iniciación, de un tipo duro a vueltas con la vida que toma bajo su brazo a alguien tierno y despierto que aún no tiene ni idea de cómo funciona el mundo. Cuando viajábamos en familia, solíamos compartir habitación. Ante mi miedo a que alguien irrumpiera en el hotel de turno y algo terrible sucediera, él siempre decía: “No va a pasar nada malo. Y si pasa, pues pasó”. Ese mismo hombre guardaba en casa un arma y, el día en que me la enseñó, cuando lo increpé sin dar crédito a lo que veía, él se encogió de hombros y me dijo: “Tú qué prefieres: ¿abuelo muerto o abuelo en la cárcel?”.

Ese hombre fue el que me enseñó que nunca debía de creerme mejor ni peor que nadie, que debía mirar a las personas siempre a los ojos, pegar un firme apretón de manos y procurar ser yo mismo. Él, que desayunaba churros mojados en una copa de anís, era el mismo que desde que mi abuela falleció no apagó un solo día la luz de aquel vestíbulo donde tenían la foto del día de su boda. Una persona que lo más lejos que viajó fue a Portugal, pero al que le hubiera gustado ver las pirámides de Egipto, que se consolaba en la creencia de que Julio Verne escribió de maravillas sin haberse movido de Francia y que aseguraba -yo no le creo- que en otra vida le hubiera gustado ser camionero.

Ahorró sin éxito toda su vida para hacer con mi abuela el viaje del Transiberiano, un plan que se truncó cuando ella murió. El día en que me lo contó, decidí que seríamos nosotros dos los que cruzaríamos Rusia en ese tren. Él se sonrío y, a los pocos días, me entregó una caja del whiskey Johnny Walker en la que había hecho una ranura para ir guardando poco a poco monedas para que en un par de años pudiéramos escaparnos por Asia. Pero un tumor cerebral se lo llevaría por delante en apenas dos meses y medio, sin que él se enterara, al poco de haber cumplido yo los quince años. Las cosas nunca son como uno se espera. De alguna forma, me hubiera gustado poderme despedir de él. Quizá no hiciera falta. Más de una vez me lo imagino después de darme un abrazo, alejándose malherido, montando a caballo, quizá yendo a causar ese último duelo que acabara sin remedio con su vida y diera sentido a su final.

Creo que es una virtud conocer las propias limitaciones, por lo que dudo que me asome nunca a una narrativa más ambiciosa que la del relato -en la poesía me encuentro más cómodo-, pero tengo claro que, si escribiera alguna vez una novela, muy probablemente presentaría una relación parecida a la que tuve con mi abuelo. Sirva mientras tanto este texto de homenaje: el otro día en la cocina me acordé de él al darme cuenta de que ese olor que creía tan suyo no es otro que el que te impregna las manos cuando cortas y fríes ajo para dar de comer a personas a las que quieres y con las que compartes unos instantes en este breve paso por el mundo.

Sergio Diez

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Imagen final de “Raíces profundas” (“Shane”), dirigida por George Stevens en 1953.

RECUERDOS DE UN CINE DE VERANO

“Siempre que alguien sigue el dictado de su corazón rompe el corazón de otra persona. Siempre hay “detritus”, siempre hay heridos, siempre hay dolor. El amor es una sustancia limitada: si le das amor a alguien nuevo, tienes que quitárselo a alguien viejo”.

Mathias Gold en “Mi casa en París” (2014), título original: “My Old Lady”, dirigida por Israel Horovitz.

30 de agosto del 2017

Anoche fui al cine de verano del Parque de la Bombilla con mi hermana. Había estado con amigos por esa zona de Madrid el día anterior, y la había encontrado bastante apagada. Sin embargo, ayer todo era animación en torno a Casa Mingo: la sidra, pollo, carcajadas y codazos. Nosotros no nos detuvimos allí, pues queríamos sacar entradas para ver Café Society, la última película de Woody Allen, e íbamos con un poco de prisa. Nos creíamos previsores, pero no podíamos imaginar la enorme cantidad de personas que, media hora antes de que empezara la película, esperaban para sacar su entrada.

El buen humor que respiraba la gente en torno al cine parecía el propio de una película del propio director neoyorkino, que se hubiera divertido al ver la expectación que su película generaba entre el público madrileño. La sesión de las 22:00 se llenó enseguida pero, por suerte, los organizadores se sacaron de la manga otra sesión de Woody Allen a las 00:00, lo que a mi hermana y a mí nos permitió ver antes Mi casa en París (My Old Lady) de Israel Horowitz, un film estupendo que, probablemente, no habría visto de otra manera.

El film británico, una comedia amarga y negrísima, llega a nuestro país con dos años de retraso. Se constituye en el reflejo oscuro de los personajes y escenarios parisinos de la filmografía de Woody Allen. Destaca la complejidad de su tono (no deja de resultar divertida a pesar de la desesperación que rebosa), y por el trabajo actoral, en especial el de un soberbio Kevin Kline que interpreta a un divertido personaje al borde del abismo, un fantástico payaso triste que acumula años de desasosiego. Y luego vino Woody con un divertido y sencillo cuento que se convierte en una de sus películas más tristes y bonitas. El film podría haber sido más desgarrador y sincero, por supuesto, pero Allen prefiere la leve suavidad de una sonrisa triste y de un final conmovedor.

Sin pretenderlo, los organizadores de Fescinal ofrecieron ayer una sesión con dos películas que tienen en común mucho más de lo que parece: dos sinceras reflexiones sobre el amor como fuerza constructiva y fuente de desesperación. Mathias Gold, el personaje interpretado por Kevin Kline en Mi casa en París, comenta en un momento de la película algo así como que uno de los problemas del amor es que para dárselo a alguien nuevo tienes que quitárselo a otro que ya lo tenía. Como fuerza finita que es, mientras alegra a alguien y llena temporalmente su vida de sentido, otra persona sufrirá las consecuencias de un amor que se escapa. Mathias se plantea si verdaderamente es más honesto vivir los impulsos sin pensar en las consecuencias, si debe haber límites para el amor, qué deberíamos entender por este. Amor como pasión huracanada frente al amor tranquilo de la soledad compartida: la guerra de cien años sostenida por varias generaciones en el Macondo de García Márquez.

Matthias no niega la premisa de Allen de que se puede estar enamorado de dos personas al mismo tiempo, sino que se enfurece al pensar en la esencia del propio cambio, en esas revelaciones que hacen que te transformes en alguien distinto: más sabio, más fuerte, no necesariamente más feliz. Pero pensar en todo esto da algo de pereza cuando llega la madrugada y hace buen tiempo en Madrid. Cuando bromeas con tu hermana y puedes olvidarte de todo y de todos en una noche agradable, no especialmente calurosa, de un día de final de verano en el que el cine ha vuelto a demostrar que tiene algo de sentido.

Sergio Diez

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VINAGRE CON PATATAS

VINAGRE CON PATATAS

“¿Crees que los adultos saben lo que hacen? Los adultos se inventan la vida a medida que avanza”. “Matinee” (1993), dirigida por Joe Dante

Me gustaba ver cómo se servía el vinagre sobre sus patatas fritas. No lo hacía siempre, pero era algo que siempre me había llamado la atención de mi padre. Podía aceptar que alguien les pusiera sal, que las bañaran en kétchup, incluso que jugaran con la mayonesa. ¿Pero vinagre? La barrera generacional era demasiado grande.

El otro día, en un ataque de alegre melancolía, me metí a recuperar las fotos de mi antiguo Tuenti. “Reconócelo: tú también has cambiado”, aparecía escrito en su página web. Desde luego me esperaba muchas cosas, pero que una empresa me reprochara el paso del tiempo no era una de ellas. Como red social, Tuenti dejó de utilizarse en el otoño del 2012, sin previo aviso. En un mundo tan internacional y conectado, todo el mundo se había pasado a Facebook. Y allí se quedaron flotando las últimas fotos de perfil, que representaban vidas que pudieron ser y que quizá no fueron (o que fueron, pero que crecieron y se apagaron). Por mucho que de vez en cuando nos enviaran mensajes del estilo: “¡¡Todos tus amigos están de vuelta en Tuenti!! Abre tu cuenta: no te lo pierdas”, no había quien se lo creyera.

Descargarte a día de hoy las fotos de tu Tuenti es reencontrarte con las capturas de momentos en los que todos estábamos más relajados y parecía sencillo dejarse llevar un poco. (Nunca debió dejar de serlo). En el Tuenti se aceptaban las fotos mal tomadas, con reflejos de flash y encuadres poco pensados. Las pocas selfis que se hacían se hacían en los baños o en los espejos de los ascensores. Todos parecíamos menos preocupados con lo que seríamos y más con lo que en ese momento éramos.

Desde que éramos pequeños, parecíamos empeñados en hacer algo que marcara la diferencia, el cuento de la vocación como remedio contra el barco que va sin rumbo. Éramos la generación que tenía que dar el salto. Pero no nos engañemos: los que vinieron por delante no hicieron tantos planes. Intentemos quitarle un poquito de intensidad a las cosas: no puede ser que lo que originalmente fue una suerte se vuelva en nuestra contra. Que después de esto la música se acaba y te llevas lo bailado. Y no es más fuerte quien más aguanta, ni quien viaja más cargado. No lo tenemos fácil, pero algo podrá hacerse.

Ahora, como ejercicio, me imagino al borde de los cuarenta, atolondrado y medio calvo -la genética es implacable-, encadenando un trabajo temporal detrás de otro, quién sabe si viviendo aún con mis padres (preferiría vivir por mi cuenta, eso está claro, pero lo demás me importa cada vez menos). Yo lo que quiero es estar a gusto, reírme y ser divertido. Generar buen rollo. Ver cine, leer libros y escribir cosas. Viajar de vez en cuando. Perder el tiempo, que es la mejor forma de gastarlo. Disfrutar, sin dejar de implicarme en la mejora de este extraño mundo en que vivimos. Y como decía Machado en su “Retrato” acudir  a mi trabajo para pagar con mi dinero “el traje que me cubre y la mansión que habito/el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”. No deber nada a nadie y estar en paz, en definitiva.

En unos años me veo comiendo en cafeterías de menú del día, llevando siempre un libro conmigo, solo para dejarlo sobre la mesa con cualquier excusa y hacer algo más divertido, como empezar a hablar con cualquiera. Me veo anotando tonterías en las servilletas: versos que no conducen a ninguna parte o bromas sin gracia, fuera de contexto. Y todo esto se me ocurre ahora, mientras apuro una Coca-Cola light (o una Guinness, depende de cómo me imagines) en un pub de Inglaterra, donde me sonrío porque me doy cuenta de que he tenido que alejarme más de mil setecientos kilómetros de casa para empezar a servirme vinagre sobre las patatas fritas. Y no sé cómo decírselo a mi padre.

Sergio Diez, febrero del 2017

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Fotografía tomada por Mao Akagi

Bienvenidos a Freedonia

Como escribía Scott Adams, creador de Dilbert: “Una vez tuve un amigo imaginario, pero un día me dijo que yo era muy aburrido y se marchó”. 

“Where is that Joe Buck?” es un espacio destinado al humor y a la melancolía. Desde Freedonia, Sergio Diez comparte algunas de sus obsesiones, recuerdos e ideas que de alguna otra forma se le escaparían para quizá no volver.

Sergio suele ser divertido y procura no tomarse demasiado en serio. Bebe café a medianoche y se despierta con energía. Le gusta leer y ver cine. Habla a solas y se inventa personajes. Se le da muy mal imitar acentos. Le gusta la rutina casi tanto como los fines de semana.